Octubre

PRINCIPALES CONMEMORACIONES EN EL MES DE OCTUBRE

A continuación presentamos una selección de efemérides cuyos aniversarios tienen puntualidad cronológica en el mes.

Por:  Luis Enrique Ramos Guadalupe


1849. José Z. González del Valle publica sus Lecciones elementales de Meteorología. Este libro fue escrito expresamente para los estudiantes de la Universidad de La Habana, donde su autor se desempeñaba como catedrático de Filosofía. Es el primer texto de su clase escrito en Latinoamérica, y en él logró sintetizar el conocimiento meteorológico de la época. Las Lecciones rompen con la meteorología descriptiva y la escolástica aristotélica, al presentar una interpretación de los fenómenos atmosféricos según los aportes de la Física. Los grandes huracanes de 1844 y 1846, que azotaron al occidente de Cuba, impulsaron el interés por el conocimiento de las Ciencias de la Atmósfera, y llevaron a González del Valle a escribir una obra dirigida a estimular a la juventud cubana a adentrarse en el conocimiento de esta disciplina. Su formato es de 180 x 111 mm, con 176 páginas numeradas. En la actualidad es un libro raro.

1889. Fundado el Observatorio de la Comandancia de Marina. El objetivo del Observatorio era servir como estación central del Servicio Meteorológico de Las Antillas y emitir avisos para la Armada española, en especial durante la temporada ciclónica. Contaba con una exigua dotación instrumental. Sus procedimientos de trabajo consistían en la observación local del estado del tiempo y su correlación con los despachos recibidos desde las estaciones cablegráficas situadas en el Caribe insular. Cesó en 1898. El Observatorio radicó en el piso superior de un edificio preexistente en la Avenida del Puerto, entre Obrapía y Callejón de Jústiz, y funcionó de principio a fin bajo la dirección del oficial Luis García Carbonell (nacido en Cuba).

Octubre 1, 1863: Apertura de la cátedra de Meteorología. Andrés Poey Aguirre, director del Observatorio Físico-Meteórico de La Habana (OFM), comunica al Gobernador y Capitán General de la Isla de Cuba la apertura de una cátedra de Meteorología. La clase debía funcionar en la biblioteca de la Real Sociedad Económica, sede del propio Observatorio, dado que el artículo 24 del Reglamento del OFM establecía la apertura de un aula para la enseñanza de la Meteorología. La Cátedra estaba concebida fundamentalmente para promover entre los jóvenes el estudio de esta ciencia. Semanas después, Poey informó a las autoridades que nadie había acudido a matricularse, con lo cual el propósito no prosperó.

Octubre 4-5, 1844: Tormenta de San Francisco de Asís. Este huracán azotó al occidente de Cuba con intensidad estimada en la categoría SS-4. Las memorias acerca del evento señalan la dilatada extensión geográfica donde se sintieron vientos con fuerza de tormenta tropical o superiores (Pinar del Río, Artemisa, La Habana, Mayabeque, Matanzas, Cienfuegos, Villa Clara e Isla de la Juventud). Según el estudioso cubano Desiderio Herrera, este huracán ocasionó la muerte de 101 personas y heridas a 18 (datos que aluden únicamente a la Capital). Resultaron destruidas unas 2 500 edificaciones de diverso tipo; en el puerto naufragaron 158 embarcaciones y 49 resultaron seriamente averiadas. El meteoro ocasionó severos daños en la agricultura de las actuales provincias de Artemisa y Mayabeque, pero particularmente se le atribuye la ruina de los cafetales existentes en la fértil llanura meridional de La Habana; otrora, una de las fuentes principales de su riqueza económica. Durante años la población habanera denominó a las lluvias que ocasionalmente se producen en los primeros días de octubre como el “Cordonazo de San Francisco”, evocando al citado huracán.

Octubre 4-8, 1963: Ciclón Flora. Este sistema causó el segundo mayor desastre natural en la historia de Cuba, atendiendo al número de víctimas comprobadas: 1 157. Asimismo, se calculó en 176 mil los evacuados y en mil millones de pesos las pérdidas económicas (valor de la época). El mayor estrago resultó de cinco días de lluvias intensas e ininterrumpidas que convirtieron al valle del río Cauto en un mar interior de lodo, corrientes turbulentas y aguas encharcadas. El desastre causado por este huracán se potenció debido a su trayectoria en lazo, que mantuvo al centro del sistema sobre el oriente del país (actuales provincias de Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, Holguín, Las Tunas y Camagüey) durante cinco días consecutivos. Flora marcó el primer escenario de enfrentamiento a un desastre natural después del triunfo de la Revolución, e incentivó el proceso de fortalecimiento del SMN, el desarrollo de la infraestructura hidráulica del país y la redefinición de las misiones de la Defensa Civil.

Octubre 10 al 11, 1846: Tormenta de San Francisco de Borja / Gran huracán de La Habana. Este intenso meteoro cruzó sobre el occidente de la Isla y dio lugar a un desastre natural con particular impacto en la Capital. Se considera que alcanzó categoría SS-5. El viento tuvo un papel decisivo en la magnitud de las pérdidas humanas y materiales, pues la mayor cantidad de víctimas se produjo en los numerosos derrumbes ocurridos. Los datos arrojan 175 muertes, 57 heridos y 21 lesionados, aunque ello parece referirse a La Habana y sus comarcas. Estimamos que el número de damnificados en el occidente de la Isla pudo llegar a 50 000. Atendiendo a las características y escenarios propios de la época, no hay duda que es uno de los huracanes más notables de los que se tiene referencia en Cuba. Manuel Fernández de Castro (1871) cuantificó 1 872 casas destruidas y 5 051 dañadas en La Habana, y decenas de embarcaciones hundidas o averiadas en la bahía. Esa ciudad permaneció dos días completos sin agua, debido a que la Zanja Real quedó ocluida por la acumulación de escombros y palizadas. El huracán acarreó la pérdida de prácticamente todos los cultivos en el área azotada, y 60% de los árboles fueron derribados. El investigador Lou Pérez, en un documentado estudio (2001), aduce que debido a los huracanes de 1844 y 1846, la infraestructura y producción azucarera y cafetalera del occidente de la Isla mermo en forma considerable en los años siguientes.

Octubre 15, 1768: Tormenta de Santa Teresa. Este huracán cruzó sobre el occidente de Cuba, probablemente con categoría SS-5. Los daños humanos documentados fueron 43 muertes y 116 heridos, aunque seguramente estas cifras aluden solo a La Habana y su jurisdicción. Además se reportó el derrumbe de más de cuatro mil casas y parte de la muralla que protegía a la Ciudad. Se infiere que sus efectos alcanzaron a las actuales provincias de Pinar del Río, Artemisa, Mayabeque y a la parte occidental de Matanzas. Por insuficiencia de datos, su trayectoria no puede trazarse con exactitud.

Octubre 18, 1944: Huracán del Cuarenta y cuatro. Este intenso sistema tropical cruzó de sur a norte la Isla de la Juventud y la actual provincia de Artemisa. Se considera que al llegar a Cuba era un huracán de categoría SS-4. En Isla de la Juventud las velocidades del viento superaron ampliamente 200 km/h, y en su costa meridional las marejadas alcanzaron extraordinaria altura. En Nueva Gerona, 90% de las edificaciones fueron dañadas o destruidas.

Después el sistema penetró por la ensenada de Majana, al sur de Artemisa, donde la marea de tormenta arrasó varias localidades. En las playas de Guanimar y El Cajío el mar penetró alrededor de 10 km tierra adentro, y la altura de las aguas alcanzó de cuatro a seis metros. En El Cajío no quedó ni una sola edificación en pie, y 30 personas desaparecieron. Se reportaron también daños humanos y materiales en Surgidero de Batabanó y la playa del Rosario. El huracán salió al mar por las inmediaciones de Cabañas. Un barógrafo situado en ese punto registró una presión mínima de 937 hPa.; y a 60 km de allí el anemógrafo Dines del Observatorio Nacional registró una racha máxima de 262 km/h. Las lluvias asociadas al ciclón fueron, sin embargo, escasas, por lo que su impacto en la agricultura no fue devastador. Las cifras oficiales señalaron 319 víctimas fatales, mientras que las pérdidas económicas se evaluaron en unos 40 millones de pesos.

Octubre 18-19, 1924: Huracán sin Precedentes.  Formado en el Caribe occidental, atravesó el extremo oeste de Pinar del Río. El ojo cortó la península de Guanahacabibes y tocó los poblados de Remates (actual Sandino), Guane, Mantua y San Juan y Martínez con enorme fuerza destructora (probablemente SS-5). En Mantua, un barógrafo registró una presión mínima de 953 hPa. El total de víctimas se estimó en medio centenar. El padre Mariano Gutiérrez-Lanza, s. j., director del Observatorio del Colegio de Belén, logró alertar por radiotelegrafía a cuatro grandes cruceros que navegaban al norte de Cuba y en las inmediaciones del canal de Yucatán, salvándolos de un potencial naufragio. Uno de ellos, el Toledo, reportó una presión mínima de 916 hPa y resistió vientos sostenidos de 250 km/h, hallándose al este y próximo a la pared del ojo. La ilustración de este epígrafe corresponde al barograma original obtenido en Mantua. El título dado por Gutiérrez a su extensa memoria sobre este evento, fue transnominado para designar al organismo en las cronologías ciclónicas cubanas elaboradas con posterioridad.

Octubre 19 al 20, 1926: Huracán de 1926Tuvo su origen el 14 de octubre, en una zona de bajas presiones en el Golfo de Honduras. Informaciones sobre el estado del tiempo, remitidas radiotelegráficamente por diversos buques que navegaban en esa área, fueron decisivas para identificar tempranamente al sistema y seguir su rápido proceso de intensificación hasta la categoría SS-3. Los primeros avisos sobre este organismo se publicaron con 48 horas de anticipación; pero los pescadores y carboneros en los cayos del Golfo de Batabanó, y aún los residentes en lugares alejados de Nueva Gerona y La Fe, en Isla de Pinos, no recibieron advertencia alguna. El huracán azotó duramente al occidente del país. En el ON se registró una presión atmosférica mínima de 950 hPa. Sin embargo, los anemómetros emplazados en ese centro y en el OCB no resistieron las rachas. En Belén todos los instrumentos fueron arrancados de sus mástiles, y el último de ellos registró antes de colapsar 165 km/h. El director del ON precisó que la velocidad del viento había llegado hasta 195 km/h de manera sostenida, valor determinado sobre la gráfica de un Anemobiagraph (anemómetro del tipo Dines). Roberto Ortiz (1977) calculó que en la Capital soplaron vientos por encima de 90 km/h durante siete horas consecutivas.

Un informe post impacto, redactado por las autoridades de la época, fijó en 583 la cifra de víctimas mortales, y en 5 000 los heridos. Se afectaron prácticamente todos los cultivos, y se dañó notablemente la infraestructura industrial de la Capital, que ya tenía un peso económico de cierta importancia. Miles de viviendas fueron destruidas, y las pérdidas se estimaron en 108 millones de pesos. Todo el arbolado de los parques cayó al suelo. Las marejadas provocaron el naufragio de un sinnúmero de embarcaciones, y decenas de cadáveres fueron devueltos hacia las costas por el oleaje. En Surgidero de Batabanó (en la costa sur de la actual provincia de Mayabeque) la surgencia alcanzó 3 m. Dentro de la circulación del meteoro se reportó, en dos localidades, la caída de granizo y un tornado, así como “lluvia salada”. Este huracán provocó el primer desastre natural en la historia de Cuba que golpeó significativamente las redes de transmisión de energía y en la telefonía. Esas averías resultaron considerables y muy costosas. El Ciclón del Veintiséis tuvo tanta significación social que resultó ser, por antonomasia, un referente del huracán en diversas manifestaciones del arte.

Octubre 25, 1919: Nace en Guanabacoa Roberto Francisco Ortiz Héctor. Se inició en la ciencia como aficionado, y comenzó a trabajar en el Observatorio Nacional en abril de 1965. Fundador del Instituto de Meteorología (InsMet), recibió en 1968 el título de meteorólogo de nivel superior. En 30 años dedicados al servicio meteorológico se destacó en el análisis sinóptico y el pronóstico de sistemas de mesoescala. Dedicó varios trabajos a la climatología de los ciclones tropicales y los análisis postemporadas. En 1972 integró el Consejo Científico del InsMet, y en 1988 recibió la categoría de investigador auxiliar. Contribuyó sistemáticamente a la formación de jóvenes meteorólogos y a su entrenamiento práctico, así como en la tutoría de aspirantes a grados científicos. Ortiz dedicó una decena de trabajos a la historia de la meteorología en Cuba. Fue miembro destacado de la Sociedad Meteorológica de Cuba y de la Sociedad Cubana de Historia de la Ciencia y la Tecnología. Falleció en La Habana el 2 de abril de 1995.